

Los gatos son esos serecillos no sólo adorables, tiernos, juguetones y mimosos, sino también independientes, aseados, limpios y curiosos. Hace poco leí en un artículo publicado por mi empresa en un libro sobre los beneficios que, está demostrado científicamente, tener un gato como mascota aporta para la salud no solo física sino, y sobre todo, mental. Cuando uno juega con un gato está realizando un cierto ejercicio físico, pero la responsabilidad de ocuparse del animalito, alimentarlo, acariciarlo, etc, es anti-estresante y relajante. Como también lo es hablar con los gatos; al hablar con las personas se genera cierta tensión en el organismo puesto que sabemos que la otra persona nos juzga y valora. Sin embargo, un gato nunca responderá a lo que quiera que le contemos ni nos juzgará, por lo que nos relaja y es un buen ejercicio mental.
También me gustaría desmentir el mito de que los gatos sólo nos buscan cuando quieren alimento. Esto es absoluta y rotundamente erróneo, y lo digo por experiencia con el gato de mis padres, Tales se llama. El animal tiene comida permanentemente en su lugar de costumbre y acude a ella cuando tiene hambre colocándose en la puerta del balcón a esperar que le abramos la puerta. El resto del tiempo busca nuestra compañía simplemente porque le gusta observarnos, oírnos, estar con nosotros. Además, quiere estar a nuestra altura o a un nivel más elevado para poder vernos bien, se sienta en la silla libre como nosotros, o, antes de que mis padres modificaran la cocina se subía a lo alto del frigorífico, se acurrucaba allí y podía divisarnos a la perfección en las horas de comida. Jugando a las cartas con mis padres, si no había una silla libre para él, se subía a la mesita, se sentaba encima de todas las cartas -más chulo que un ocho él- y hasta que no le traíamos una silla no paraba de subirse o jugar con nuestros brazos. Cuando estamos en el sofá se acerca ronroneando para que le acariciemos la cabecita y el cuello, y cuando está juguetón te muerde y pelea con tus manos pero sin hacer daño (bueno, a veces se le escapa algún arañazo, pero es normal). Recientemente descubrimos que al igual que él se lava todo el tiempo, también tiene este afectuoso gesto contigo; o sea, que si por ejemplo estás tumbada en el sofá se acerca, te huele el pelo y te lo lame cariñosamente (no todo, sólo un poquito, pero de todas formas es mejor pasar por la ducha después…). Es tan dulce...
El único momento en que le genera a mi madre cierto estrés es cuando se afila las unas detrás del sofá… Pero por lo demás, hay que poner un gato en nuestra vida.
El perezoso de la foto, durmiendo una rica siesta y posando todo presumido, es Tales.

2 comentarios:
Si que es bonito, si...;)
Hola,
Dime una dirección de e-mail donde escribirte. Tengo una información que quizá te interese incluir en tu blog.
Mi correo: janaru@gmail.com
Un saludo.
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