
Algunos atardeceres me recuerdan a mi infancia. Si me paro a mirar el sol poniéndose por el horizonte, sus rayos ya débiles iluminando mi rostro, tornándose anaranjado, y cierro los ojos, me parece escuchar el trino de los pájaros, bandadas de ellos rasgando el firmamento con su vuelo fugaz, y me devuelve la imagen de una niña. Entonces aún prestaba atención al sol, a los pájaros, mientras jugaba en la calle sin preocupaciones ni problemas ni situaciones complicadas a las que enfrentarme. Sonrío al pensar que en realidad no era así. Lo que ocurre es que nuestros problemas se transforman con el tiempo y se adaptan a nuestra realidad, y lo que hace diez años me pareció un problema gravísimo, ahora me digo lo fácil que era resolverlo y simplemente no lo veía. De niña, mis problemas también eran graves, o quizá debería llamarlos disgustos; cuando intentaba introducirme en un grupo de juego pero era rechazada, y me iba a mi casa llorando a moco tendido. O cuando alguien me lanzaba una piedra, o cuando alguien me pegaba, o me decía cosas feas, etc. Estas situaciones me provocaban una gran congoja y para mi entonces eso era un mundo. Visto desde nuestra perspectiva hoy parecen nimiedades, pero para una niña no lo son. Lo que sí es verdad es que probablemente de niña tenía muchos más momentos de alegría que ahora. Pensando en esos atardeceres pasados en las calles, jugando, correteando por doquier, usando mi imaginación para inventar juegos, situaciones e historias en las que sumergirse donde una quisiera. Y cuando el sol se ponía y la coral de trinos de los pájaros se iba oyendo cada vez más lejana, una sabia que era hora de volver a casa, “antes de que se haga de noche”, me había advertido mi madre. Y no se me ocurría desobedecerla a menos que algo demasiado interesante estuviera pasando (todos hemos sido traviesos, ¿no? Y también éramos muy conscientes de las consecuencias, más de uno se podía ir a la cama con el culo rojo). Y miraba hacia el cielo, se iba haciendo más y más oscuro, y los pájaros apenas se oían ya, sus trinos eran como susurros que me decían “va siendo hora de volver a casa”. Las farolas se habían encendido súbitamente, primero con una débil luz y luego se iba intensificando poco a poco. La tarde de juego se había acabado.
Ahora miro la puesta de sol y me apetece estar un ratito ahí, en mi infancia, acordarme de cómo fueron esos tiempos y cómo era yo entonces, lo que hacía, a qué jugaba, pero echo de menos el sonido de los pájaros.
Ahora miro la puesta de sol y me apetece estar un ratito ahí, en mi infancia, acordarme de cómo fueron esos tiempos y cómo era yo entonces, lo que hacía, a qué jugaba, pero echo de menos el sonido de los pájaros.

2 comentarios:
Jo, Isa, me has recordado mucho a mi infancia; me he sentido muy muy identificado contigo, sobre todo lo de llegar antes que se haga de noche… Jejeje. Es un post estupendo, de verdad!!!
Dónde me apunto para volver a ser pequeña????. Un beso!!!
Publicar un comentario en la entrada