miércoles, 17 de diciembre de 2008

Mi cumpleaños y las vacaciones

Siguiendo con mi vena nostálgica y copiando descaradamente la idea de Francisco de escribir sobre mi cumpleaños (él lo entenderá…), pues eso, que mañana es mi cumpleaños, otro día de luto de mi juventud, que se aleja lentamente cual barco a la deriva. Otro año más donde sigo anclada en un futuro incierto, aunque me alegro de dejar atrás los 31 porque ciertamente han coincidido con un año realmente negro para mí. Entre el máster que pareció que nunca iba a acabar, mientras me mataba a estudiar y trabajar para subsistir, y luego los problemas en la casa donde vivía y en la que me acabo de mudar, este año ha sido realmente difícil para mí. Lo único bueno que me ocurrió fue que encontré trabajo en la editorial en la que aun estoy y estaré probablemente el año que viene también.

El mes de noviembre fue sin duda el peor de la temporada. La situación en mi otra casa había ya tomado un cariz de desesperación alarmante. A ello se sumó un mes de mucho trabajo en la oficina más la constante búsqueda de una nueva casa con unas amigas. Cuando por fin la encontramos, pagamos el dineral que la agencia nos pidió en comisiones y depósito y felizmente nos mudamos a finales de noviembre. Al día siguiente nos enteramos de que la casa está embargada y nos tenemos que mudar otra vez en enero. Los de la agencia se desentienden, estamos tratando de consultar el tema con unos abogados y al mismo tiempo empezando a buscar casa otra vez. Una nueva carta llego la semana pasada confirmando que nos tenemos que mudar antes del 13 de enero porque esa misma mañana vienen a cambiar las cerraduras. Es como una pesadilla hecha realidad. Una lenta agonía deslizándose por un túnel del que no se ve el final.

Estoy tan agotada mentalmente y físicamente (después de la mudanza, ahora otra vez), desganada y deprimida que no tengo ni ganas de pensar en mi cumpleaños, sólo me apetece coger ya el avión para ir a Alicante y pasar 10 días tranquila, sin pensar en nada y mucho menos en nada que tenga que ver con Inglaterra. 10 días para relajarme tomando un cafetito con mis amigas, jugando con mi sobrino y con el gato y disfrutando de las comidas de mi madre. 10 días sin novio (o sea, sin discusiones). Ya me queda menos de una semana, pero parece que no llega nunca.

Nota: hoy hace un sol estupendo y los murciélagos estos ya han bajado otra vez las cortinillas, no sea que les dé un saludable rayo de sol…

Ay que ver de qué humor estoy.

En fin, lo dicho, que mañana es mi cumpleaños.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Cómo pasa el tiempo...

El otro día le comentaba a alguien lo rápido que se me ha pasado esta primera década del siglo XXI. Siguiendo con la tipicidad de todo final de año, uno recapitula y se para a pensar en lo que los últimos tiempos le han supuesto. Y como además el final de la década esta cada vez más cerca, y para colmo mi cumpleaños, pues todo esto sumado me llevó a la siguiente reflexión.

Aunque nací todavía en los 70, no me acuerdo de nada de esta época, mis recuerdos comienzan en la maravillosa (para mí) década de los 80, felices años de música pop, rock alternativo singular, ropa suelta (francamente horrorosa) y peinados cardados hasta el extremo enredo; década de cambios políticos, sociales y económicos y de desarrollo de una generación diferente de personas, muy distintas a generaciones que vivieron su juventud en décadas anteriores. Ahí todo era más estático, duradero, la moda era original y caracterizó aquellos años de destape, de rebelión y novedad.

Los 90 fueron mi juventud, aunque los primeros años de esta década todavía arrastraban modas de los 80 que se resistían a desaparecer por completo, tan arraigadas habían quedado. Fueron los años del comienzo de internet y las nuevas tecnologías, incluidos los móviles “ladrillo” y el desarrollo de una música pop más pegajosa y pasajera, sin tanta personalidad como el pop que le había precedido. Todavía los recuerdo un poco estáticos, esos años de universidad y de comenzar a pensar en un futuro incierto; o, en definitiva, de comenzar a pensar.

Sin embargo, cuando me paro a pensar en la década de los… ¿? ¿Cómo llamarla? En fin, esta primera década del siglo XXI se ha pasado “volando” como se suele decir, sólo se me ocurren generalidades, pero no logro recordar qué ha habido de característico en estos años, salvo ataques terroristas, música pop ya desgastada, rancia e insufrible, el usar y tirar a pleno, el reciclaje… Tecnología que en un par de meses queda obsoleta; constante cambio, consumismo desenfrenado que hace funcionar el sistema capitalista, cadenas de tiendas que hacen parecer iguales a todas las ciudades, trabajos basura, modas tomadas de otras épocas y readaptadas sin mucho gusto ni éxito, etc. Todo muy caótico, perecedero, que viene y se va cual tormenta, sin dejar nada memorable a su paso.
Años de los que tengo la impresión han pasado muy deprisa y ninguno ha dejado una huella particular, no ya personalmente (eso depende de los acontecimientos que a cada uno le ocurran), sino socialmente, o en términos de moda. Posiblemente yo también he vivido deprisa y esto ha influido mucho en la forma de ver estos últimos años. Ha sido el tiempo de mi no muy bien lograda independencia, de mi futuro incierto y sin rumbo, de dar tumbos por doquier y de haber venido a Inglaterra, donde uno no se entera mucho de las cosas y donde parece que no sucede nada, donde parece que la gente viva anestesiada con el único objetivo de comprar y consumir, destino hacia el cual parece que están encaminándose el resto de países.

En definitiva, la vida sigue y hay que mirar hacia adelante, aunque como el pasado es lo que nos ha formado como personas, creo que es bueno a veces reflexionar acerca del mundo en que vivimos, cómo nos hemos desarrollado y llegado a ser como somos. ¿Cómo creéis que seriamos si hubiéramos nacido, por ejemplo, en los años 20? ¿Tendríamos una personalidad completamente distinta o sólo determinados rasgos marcados por la época? Me atrae mucho la historia, pero no sólo en general, sino saber cómo era la gente en otras épocas. Me encantaría poder viajar en el tiempo y ser testigo invisible de lo que ocurría entonces. Pero esto es otro tema, quizá para otro artículo.

martes, 9 de diciembre de 2008

SUICICIO

Salió de casa de prisa. Sólo necesitaba recorrer un par de calles para llegar al cajero automático. Cinco minutos. Era viernes por la tarde, una tarde de junio nublada pero aún luminosa. Al recorrer la avenida hacia el cajero empezó a ver a gente detenida en las aceras, corrillos murmurantes apuntando a un edificio cercano. Conforme se acercó a su destino, más y más gente miraba hacia el edificio y la avenida había sido cortada. Un coche de la policía estaba situado detrás de la cinta de plástico a modo de barrera y detrás de éste, una ambulancia. Al divisar estos efectivos, se detuvo y elevó la vista hacia lo alto del edificio siguiendo las miradas de los presentes. Un hombre se hallaba apostado en el borde del mismo, de pie, inmóvil, mirando hacia abajo. La sangre se le heló en el cuerpo y de pronto comprendió. Aquel hombre estaba al borde del suicidio, tan al borde como sus pies del edificio. Qué situación tan irreal, pensó M sin poder dar crédito a lo que sus ojos veían. Por más que miraba, le pareció que no estaba allí, que era parte de una película o de una novela que estuviera leyendo. Líneas de ficción que se escapaban y se tornaban patéticamente reales. Personajes irreales, situaciones ficticias de las que uno nunca imagina que un día pueda llegar a ser testigo.

No sabía cuánto tiempo había estado aquel hombre allí, intentando decidir si acabar de una vez por todas con su miserable vida o no. Supuso que un largo rato, para haber tenido tiempo suficiente de venir la policía y la ambulancia. Alguien de los presentes seguramente hizo la llamada que alertó a las autoridades. M trató de imaginar qué debía de estar pasando por la cabeza de aquel hombre para estar tanto tiempo intentando decidir si saltar o no. Suponía que cuando uno toma la determinación de cometer suicidio como mejor solución para acabar con sus problemas, se dirige al lugar y simplemente salta. No piensa más. No le da más vueltas en el lugar donde cometerá tal acto. Si ha llegado hasta ahí es porque ya no hay dudas. ¿Qué espera que suceda una vez esta ahí? ¿Que haya una voz que le diga la solución a los problemas y todo se arregle antes de que salte? ¿Que viendo la temerosa altura quizá cambie de opinión? Quién sabe.

La cuestión es que aquel hombre seguía apostado al borde del edificio y la gente se ponía cada vez más nerviosa. M desvió su atención sobre el sujeto y llegó hasta el cajero. En el momento estaba seleccionando la cantidad a retirar, oyó un golpe seco, seguido por el frenazo de un coche, coreado por un inmenso “ohhhh” de los asistentes. El dinero salía por la ranura de la máquina y en cuanto lo hubo cogido miró hacia el edificio a su derecha y vio un bulto inerte en el suelo. El hombre había saltado. Los murmullos a su alrededor se elevaban y se oían lloros. La policía y los enfermeros de la ambulancia se apresuraban a atender al suicida.

Finalmente se había decidido a saltar. Acabó con sus problemas. Así, de un salto. Y se acabó el espectáculo. O a lo mejor empezaba. Había creado una enorme expectación entre los viandantes y vecinos y finalmente les había dado el morbo que secretamente muchas de aquellas mentes estaban deseando para poder comentar, cuchichear y difundir. Su cabeza se vació de pensamientos mientras contemplaba por unos segundos aquel cuerpo rechoncho aplastado contra el suelo. Después apartó la vista bruscamente y empezó a andar en sentido contrario, hacia su casa, con un nudo en el estómago de la impresión, lágrimas asomando a sus ojos causadas por el shock, o por no sabía muy bien por qué. No daba crédito a lo sucedido. Nunca creyó que asistiría al suicidio de una persona. Era un espectáculo tan desasosegante, tan deprimente y horrible. Pero qué puede llevar a una persona a hacer algo así, es decir, a realmente hacerlo. Había leído en alguna parte que todas las personas llegan a pensar en un determinado momento de sus vidas en el suicidio. Pero también pensamos en matar a alguien que nos ha hecho mucho daño, incluso lo visualizamos. Otra cosa muy distinta es realizarlo. Nuestra imaginación es infinita, pero realizar un acto dictado por ella es muy diferente. Es la fina línea que separa a los asesinos (y los asesinos en serie más concretamente) y a los psicópatas del común de la gente.

M llegó a casa aún en estado de shock, con la impresión materializándosele en su estómago en forma de nudo que le daba ganas de vomitar. Jamás podría apartar de su mente la imagen de aquel pobre hombre aplastado contra el suelo.

martes, 2 de diciembre de 2008

El café de los sábados

Cuánto echo de menos el cafetito de media tarde de los sábados en el pub de mi pueblo, con mis amigas. Pilar lo sabe. Es el rato en que nos reunimos para charlar de nuestras cosas, resumir la semana o los acontecimientos de los últimos días, leer y comentar las noticias del periódico y por supuesto cotillear un poco. Paso a recoger a Pilar unos "obligados" 10 minutos tarde, le hago un toque con el móvil y nos encontramos en la esquina para ir juntas hasta el pub. En invierno casi todas las mesas están ocupadas, el humo de los cigarrillos empaña la visión y hay cierto griterío. Pedimos lo de siempre, no lo voy a desvelar aquí pero ambas sabemos perfectamente lo que es. Si la camarera no cambia, en poco tiempo acaba por saberlo también. Continuamos con la charla que, sin poder esperar, ha comenzado ya desde la calle mientras veníamos paseando. Esperamos a las otras (si vienen… La afluencia de las demás amigas varía como veleta al viento).
Hay momentos de silencio, se nos acaban los temas de conversación o simplemente no se nos ocurre nada más que decir, pero estamos allí juntas en un ambiente agradable y eso es suficiente. No hace falta decir nada, aunque a menudo pensemos que sí.
Al cabo de unas dos horas nos disponemos a marcharnos más relajadas y contentas, hemos pasado una tarde placentera y quizá haya planes para la noche también.
Se me ocurre que si Francisco viniera a estos cafés creo que lo iba/íbamos a pasar muy bien.

El próximo, en Navidad.