Salió de casa de prisa. Sólo necesitaba recorrer un par de calles para llegar al cajero automático. Cinco minutos. Era viernes por la tarde, una tarde de junio nublada pero aún luminosa. Al recorrer la avenida hacia el cajero empezó a ver a gente detenida en las aceras, corrillos murmurantes apuntando a un edificio cercano. Conforme se acercó a su destino, más y más gente miraba hacia el edificio y la avenida había sido cortada. Un coche de la policía estaba situado detrás de la cinta de plástico a modo de barrera y detrás de éste, una ambulancia. Al divisar estos efectivos, se detuvo y elevó la vista hacia lo alto del edificio siguiendo las miradas de los presentes. Un hombre se hallaba apostado en el borde del mismo, de pie, inmóvil, mirando hacia abajo. La sangre se le heló en el cuerpo y de pronto comprendió. Aquel hombre estaba al borde del suicidio, tan al borde como sus pies del edificio. Qué situación tan irreal, pensó M sin poder dar crédito a lo que sus ojos veían. Por más que miraba, le pareció que no estaba allí, que era parte de una película o de una novela que estuviera leyendo. Líneas de ficción que se escapaban y se tornaban patéticamente reales. Personajes irreales, situaciones ficticias de las que uno nunca imagina que un día pueda llegar a ser testigo.
No sabía cuánto tiempo había estado aquel hombre allí, intentando decidir si acabar de una vez por todas con su miserable vida o no. Supuso que un largo rato, para haber tenido tiempo suficiente de venir la policía y la ambulancia. Alguien de los presentes seguramente hizo la llamada que alertó a las autoridades. M trató de imaginar qué debía de estar pasando por la cabeza de aquel hombre para estar tanto tiempo intentando decidir si saltar o no. Suponía que cuando uno toma la determinación de cometer suicidio como mejor solución para acabar con sus problemas, se dirige al lugar y simplemente salta. No piensa más. No le da más vueltas en el lugar donde cometerá tal acto. Si ha llegado hasta ahí es porque ya no hay dudas. ¿Qué espera que suceda una vez esta ahí? ¿Que haya una voz que le diga la solución a los problemas y todo se arregle antes de que salte? ¿Que viendo la temerosa altura quizá cambie de opinión? Quién sabe.
La cuestión es que aquel hombre seguía apostado al borde del edificio y la gente se ponía cada vez más nerviosa. M desvió su atención sobre el sujeto y llegó hasta el cajero. En el momento estaba seleccionando la cantidad a retirar, oyó un golpe seco, seguido por el frenazo de un coche, coreado por un inmenso “ohhhh” de los asistentes. El dinero salía por la ranura de la máquina y en cuanto lo hubo cogido miró hacia el edificio a su derecha y vio un bulto inerte en el suelo. El hombre había saltado. Los murmullos a su alrededor se elevaban y se oían lloros. La policía y los enfermeros de la ambulancia se apresuraban a atender al suicida.
Finalmente se había decidido a saltar. Acabó con sus problemas. Así, de un salto. Y se acabó el espectáculo. O a lo mejor empezaba. Había creado una enorme expectación entre los viandantes y vecinos y finalmente les había dado el morbo que secretamente muchas de aquellas mentes estaban deseando para poder comentar, cuchichear y difundir. Su cabeza se vació de pensamientos mientras contemplaba por unos segundos aquel cuerpo rechoncho aplastado contra el suelo. Después apartó la vista bruscamente y empezó a andar en sentido contrario, hacia su casa, con un nudo en el estómago de la impresión, lágrimas asomando a sus ojos causadas por el shock, o por no sabía muy bien por qué. No daba crédito a lo sucedido. Nunca creyó que asistiría al suicidio de una persona. Era un espectáculo tan desasosegante, tan deprimente y horrible. Pero qué puede llevar a una persona a hacer algo así, es decir, a realmente hacerlo. Había leído en alguna parte que todas las personas llegan a pensar en un determinado momento de sus vidas en el suicidio. Pero también pensamos en matar a alguien que nos ha hecho mucho daño, incluso lo visualizamos. Otra cosa muy distinta es realizarlo. Nuestra imaginación es infinita, pero realizar un acto dictado por ella es muy diferente. Es la fina línea que separa a los asesinos (y los asesinos en serie más concretamente) y a los psicópatas del común de la gente.
M llegó a casa aún en estado de shock, con la impresión materializándosele en su estómago en forma de nudo que le daba ganas de vomitar. Jamás podría apartar de su mente la imagen de aquel pobre hombre aplastado contra el suelo.
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3 comentarios:
Hay que estar verdaderamente angustiado para hacer una cosa así; pero siempre que cuentan algo así me pongo como M
Necesito que me pagues un café humeante pronto; con tiempo para hablar de todo y huir del trabajo, xfa... :-)
Una situación bastante complicada. Para ver, pero sobre todo para M. Cuantas veces demandaría ayuda...???
Besos!!
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