jueves, 20 de noviembre de 2008

En las nubes

Alguien ha levantado la cortinilla de la ventana que hay a mi izquierda una mesa más adelante. Y se ha abierto un panorama esplendido delante de mis ojos. Veo las nubes, una mezcla de distintos tipos de nubes que medio ocultan el sol pero éste lucha por asomarse, por hacerse un hueco entre los resquicios que aquéllas dejan y nos deleita con su resplandor. El edificio donde trabajo está rodeado de ventanales y mi mesa está al lado de la ventana, que queda a mi derecha. Normalmente las cortinillas están medio bajadas (lo cual es una pena porque las vistas son bonitas, no encantadoras, con otros edificios de oficinas enfrente, pero hay espacios verdes y resultan agradables), por eso me ha sorprendido gratamente que alguien de otra mesa haya levantado precisamente la que me ofrece una vista más estupenda. El sol continúa asomándose por los claros de entre las nubes, y me recuerda a las imágenes típicas de los libros religiosos en su representación de dios. Las nubes avanzan en tropel hacia la izquierda, empujadas por el viento. Hay una capa de nubes altas casi transparentes y más abajo algunos cúmulos dispersos llevados por el viento. La primera capa parece casi estática.

Es tan placentero trabajar con esta vista, me da una sensación de libertad, de espacio amplio e iluminado, de cielo abierto al que pienso que quiero escaparme y volar por un rato como si fuera un pajarillo, y poder tocar las nubes y sentirme ligera y vaporosa, invisible. Ese sol que echo tanto de menos estando en Inglaterra, que nos hace sentirnos más optimistas y ver las cosas con otro color; ese sol que nos da vida, energía y calor, que nos acompaña siempre y que ha sido testigo de toda la historia de la humanidad pero no puede hablar para contarnos cómo sucedieron las cosas realmente. Ese sol mágico, lejano y abrasador al mismo tiempo.

A las 4 anochece y estoy aún en la oficina. Entonces presencio un espectáculo maravilloso de colorido en el cielo. Con la puesta de sol, aquella primera capa fina de nubes se ha teñido de un espléndido color rosado-anaranjado-rojizo, de una intensidad sobrecogedora. Entre las nubes hay unas grietas que dejan ver el azul del cielo y forma un contraste precioso. No puedo dejar de mirarlo. Es casi sobrehumano, me tiene hipnotizada. En diez minutos habrá desaparecido con los últimos rayos de sol, por eso ahora quiero disfrutarlo.

Pero tengo que volver al trabajo, a la pantalla que tengo enfrente y finalizar mi día. Sin embargo, me siento contenta.

3 comentarios:

pilar dijo...

Me alegro mucho que puedas ver el sol o por lo menos algún rayito. Me alegro de que estés contenta. Me gusta que escribas y compartas esas pequeñas cosas que cada día vemos y a las que apenas prestamos atención. Supongo que deberíamos fijarnos más en esas pequeñas cosas y dejarnos de construir castillos en el aire. Disfrutar de muchas cosas pequeñas a lo largo del día y cuando apagas la luz y te metes en la cama, sonreír por el día que has tenido, pensando en el mañana, sin más pretensiones que acostarte por la noche sonriendo otra vez… Un besazo!!

Isabel dijo...

Gracias Pili... Sí, fue muy bonito ver de repente el paisaje "nubolesco" delante de mis ojos, me relajó un poco. Y, como tú dices, son esas pequeñas cosas a las que normalmente no prestamos atención pero que nos pueden hacer un poquito más felices. Besitos!

Francisco José Peña Rodríguez dijo...

Estás en mil sitios, pero nunca en las nubes, jejeje, porque eres estupenda. Francisco